miércoles, 29 de mayo de 2013

EL TESTIMONIO DE MARIA - Victimas del SAP.

El testimonio de María
María es una mujer que en su día fue objeto de su Alienación Parental. Hoy lucha por conseguir una identidad que su madre le arrebato, al arrebatarle uno de sus pilares: el padre.
De mis vivencias hasta los seis años recuerdo que mi relación con mi padre era buena, era un padre atento y cariñoso, le gustaba llevarnos a los museos, de excursiones, una persona muy activa, no le gustaba que nos aburriéramos. Recuerdo que nos compraba vestidos de segunda mano y zapatos con los que nos disfrazábamos y nos lo pasábamos muy bien en el jardín de casa. Tengo una foto con mis hermanas a la salida de un museo, mi padre a nuestro lado con un libro abierto en la mano, yo tengo un gesto de felicidad y satisfacción.

De mi madre recuerdo muy poco en mis primeros años de vida y de las peleas tampoco recuerdo mucho, creo que los he borrado de mi mente o no era muy consciente. Sólo recuerdo un incidente que me ha dejado huella, yo tendría cuatro ó cinco años, mi madre gritando como una loca a mi padre en la cocina y tirando montones de platos al suelo, mis hermanos y yo nos acurrucamos en la escalera esperando que pasara todo, lo pasé muy mal, no paré de llorar, recuerdo que tenía mucho miedo, mi hermana la mayor (siete años más que yo) me consolaba. También recuerdo ir a ver a mi padre en el ático de la casa donde lo encontré un día tumbado en una cama plegable, me dio mucha penita, su gesto era triste.

Años más tarde mi madre justificaba aquel incidente de la cocina, al igual que el destrozo que hizo al romper las botellas de vino que mi padre tanto le gustaba tener en la pequeña bodega de casa, por que sabía que a mi padre le haría daño, decía que estaba harta y la culpa la tenía mi padre por hacerla una infeliz. Tampoco pareció importarle mucho el que yo le dijera años más tarde que pasé mucho miedo aquel día en que rompió los platos en la cocina, su respuesta era la misma, mi padre era culpable de todo. Ese hecho estaba justificado.

Mi hermana, cinco años más mayor que yo, me contó varios episodios, como presenciar a mi madre ir detrás de mi padre con un cuchillo, el coger a mi hermano mayor y en presencia de mi padre preguntarle entre gritos a quien quería más, a mi padre o a ella, mientras mi padre le suplicaba por favor que parara.

En una ocasión mi padre organizó un viaje para irnos a esquiar, tras regresar mi padre del trabajo, por motivos que desconoce mi hermana, mi madre salió corriendo de la casa al encuentro de aquel arañándole la mejilla con las uñas, con tal mala fortuna que mi madre se cayó por los tres escalones que se encontraban detrás de mi padre, hiriéndose la rodilla. ¿Quién tenía la culpa de que no fuéramos a esquiar según ella? Mi padre.

Según ella mi padre lo hacía todo mal y él tenía la culpa de que fuera tan infeliz.

Mi hermana   también me contó que mi padre después de una pelea decidió irse a casa de un amigo suyo a pasar la noche, mi madre nos levantó a todos de la cama en la madrugada y nos hizo subir al coche a buscar a mi padre a casa del amigo. Quería que fuéramos testigos y que viéramos que nos había abandonado.

Mi hermana me llegó a decir que deseaba que mi padre no volviera a casa después de trabajar, no por que no tuviera ganas de estar con él sino por que mi madre siempre le increpaba.

Años más tarde, mi hermana se fue de casa, cuando vivíamos en España, porque no aguantaba a mi madre. Mi madre la culpabiliza a ella de este incidente. De cara a todos, ella no tiene la culpa.

Mi padre se dio cuenta que la situación era insostenible y perjudicial para nosotros y propuso la separación para así parar la violencia. Le propuso a mi madre que se quedara a vivir en ese país con nosotros y así por lo menos estar mi padre cerca de sus hijos. Ella se negó alegando que no le quedaba nada ahí y prefería irse a su país donde tenía a su familia (también inestable). Ahí se cortó mi relación con mi padre durante trece años, mi padre me contó años más tarde que en el momento que nos despidió en el aeropuerto, supo que nos iba a perder. Hubiera preferido mil veces haberme quedado en la situación en la que estábamos ya que por lo menos no hubiera perdido a mi papá.

Hasta dos años después mi padre no tuvo ningún contacto con sus hijos, las cartas que nos enviaba no tuvieron nunca respuesta, eran confiscadas obviamente por mi madre; Mi padre se dio cuenta que mi madre únicamente lo quería para cubrir los gastos de ella y la de sus hijos pero en ningún caso un padre para dar cariño y amor a sus hijos. Mi padre adoptó la solución de no enviarle dinero para ella pero sí a cada uno de sus hijos, sobre todo a los mayores por que como ya dije yo no vería a mi padre hasta trece años después y tampoco he preguntado si me enviaba a mí. Mi madre siempre le ha maldecido por las penurias económicas por los que ha tenido que pasar por su culpa.

Aquí se acrecentaron los problemas, mi madre reclamaba vía su abogado dinero, la historia de nunca acabar hasta que se echó a beber alcohol. La vida se puso insoportable, cuando algunos de mis hermanos querían ir a visitar a mi padre, mi madre arremetía contra ellos y les hacía la vida imposible haciéndoles sentir culpables.

Recuerdo una escena en la cocina de casa, era hora de comer, mi hermana le comunicó que se iba a ver a su padre dentro de un par de semanas, se puso con una fiera, tiró una jarra de agua al suelo, lo que le dijo verbalmente fue muy hiriente, la machacó, recuerdo haber intervenido para que la dejara en paz, yo tenía trece ó catorce años. Pasé mucho miedo.

Muchas veces subía a mi habitación a llorar y rezar para desahogarme, y pedía que todo cesara. He llorado mucho de pena y frustración. He conocido muy joven el sinsabor del odio y la ira, al no poder nombrar a mi padre y a no poder hablar bien de él.

Cuando hice la primera comunión mi padre no vino, mi madre tuvo la oportunidad de decir a todos que le había invitado, yo pensé que mi padre no me quería. Mi padre hace   un par de años me confirmó que nunca le llegó esa invitación.

Mi padre vino a verme en dos o tres ocasiones cuando yo tenía nueve ó diez años, esto fue antes de que mi madre se diera al alcohol, pero al enterarme de que venía me puse enferma con nauseas, diarrea, no quería verlo, era non grato para mí, quería que me dejara en paz, era un extraño para mí. En una ocasión que se arregló los billetes, tres ó cuatro años después de la separación, para que yo fuera a verle con mis hermanos, me puse tan enferma para evitar tener que ir. Mi madre dijo que fue al médico, buen amigo suyo, para que certificara que efectivamente no me encontraba bien y que ella hacía todo lo posible para que yo tuviera relación con mi padre. El médico emitió el certificado.

Hasta los treinta y cinco años, todavía me preguntaba por que odiaba tanto a mi padre si cuando crecí con él hasta los seis años le adoraba, y me sentía muy confusa ya que mi madre decía a todos que hacía todo lo posible para que yo viera a mi padre; me sentía una extraña o mejor dicho ella hizo que yo me sintiera así, puesto que ella no era culpable de nada. La respuesta la encontré en un programa donde salió José Manuel Aguilar para presentar su libro del SAP, todo lo que estaba diciendo ese hombre me estaba pasando a mi. !Por fin una respuesta!. Me di cuenta entonces del alcance real de sus estratagemas, que mi madre era una persona maliciosa y sin corazón y, que nos había utilizado como objetos. Siempre se ha hecho la víctima, ella es la que más ha sufrido, al cargo de cuatro hijos y ella solita; no ha podido tener queja ninguna de nosotros por que no hemos sido problemáticos en el sentido de ser drogadictos y cosas de esas y darles disgustos, todo lo contrario, yo siempre he estado a su servicio; nada era lo bastante suficiente para hacerla feliz, yo me desvivía para ver así si cambiaban las cosas, con el consecuente desgaste psicológico que eso suponía. Caí en una depresión, tomé PROZAC a los veintiuno-veintidós, al no poder dormir bien por las noches, empecé a tomar somníferos durante diez años, y algunas veces por la tarde, me encerré en mi misma, no salía, no era feliz hasta que mi marido me rescató del infierno.

He llegado a oír decir a madre que mi padre era un cabrón, maricón, que todo lo que nos pasaba y las desdichas que pasábamos era todo culpa suya. En numerosas ocasiones nos dijo que ojalá nos hubiera dejado en un orfanato cuando nos atrevíamos a contradecirla o a quejarnos, resultado de toda la tensión y ansiedad a la que nos tenía sometidos o cuando hacíamos o decíamos algo que ella no quería oir.

Con dieciséis años tras volver de clase con mis notas de curso con un antiguo novio que me trajo con su moto y que me esperó fuera, me dijo de buenas y primeras y bajo efecto del alcohol que era una PUTALEMANA. Tenía miedo a que mis amigas vinieran a buscarme por si se rallaba, en dos ocasiones increpó contra dos amigas mías, me sentí tan avergonzada; ella justificó estos dos hechos: las madres de estas dos amigas la habían ofendido (dudo mucho de esto). Yo hacía todo lo posible en tapar todas nuestras desdichas, quería ser discreta. Mi marido me confesó hace poco que hay gente del pueblo que sabe como es mi madre.  

También nos contó en varias ocasiones que mi padre la había maltratado físicamente relatándonos los hechos. No sabía que decir, lo guardé dentro de mí, como todas las otras cosas que nos había dicho, y como efecto, hacía que odiara mucho a mi padre.

En los eventos más importantes donde coincidían mi padre y mi madre, lo pasaba muy mal, me cogía mucha ansiedad, cuantas veces he querido tener un gesto cariñoso hacia mi padre y por la presencia de mi madre no lo hecho. CUANTA REPRESIÓN, DIOS MIO!

He sentido justamente lo que habéis escrito sobre el maltrato:

1.  Sometimiento a un neurotizante conflicto de lealtades obligados a odiar al progenitor que necesitan.
2. Aprenderán formas disfuncionales de comunicación, tanto para tratar con el progenitor denigrado como con el alienador, basadas en la represión de sus sentimientos y en la no exteriorización de los mismos. Aprenderán a fingir y a mentir para sobrevivir.
3. Se sentirán culpables por anidar sentimientos positivos, de todo punto normales, hacia el otro progenitor.
4. Tendrán que aprender rápidamente cuáles son las conductas, sentimientos y actitudes referidas al otro progenitor son las correctas y cuáles las no permitidas según los criterios del alienador, reprimiendo su natural espontaneidad y sus propios criterios.
Entre otros...

Pensé que al casarse mi madre nuevamente, cuando yo tenía treinta años (si no recuerdo mal) las cosas iban a cambiar. Cuando este hombre entró en nuestras vidas se nos prohibió contarle nada de nuestro pasado. Yo me sentí muy frustrada. Tenía tantas ganas de decirle a ese señor también médico como mi padre, lo desgraciada que había sido, pero había que fingir, con mi madre era así: reprimir sentimientos, estaba prohibido decir algo bueno o positivo de mi padre.

No tardó en comerle la bola a su marido, diciendo que había sido maltratada por su ex, que lo había pasado tan mal cuidando ella sola de los cuatro, etc, etc, etc. Es decir era una VICTIMA, quería que le tuviera compasión.

Cuando estaba embarazada de siete meses de mi primer hijo, me sentó en la cocina, estábamos ella y yo solas y me dijo que era hora de que supiera como era mi padre de verdad, que la había maltratado, que le pegó reiteradamente en una ocasión que la cogió y la sentó en un banco del jardín. La guerra contra mi padre no había cesado como yo esperaba.

Según mi madre, le debo haberme tenido a mí, a mi hijo y a mi marido en su casa justo después de haber tenido a mi hijo, durante dos meses y medio, el que más hizo por mi fue su marido que preparaba casi todos los días la comida para todos, un año más tarde descubrí en este señor una actitud que me sorprendió y que relataré más tarde.

Recuerdo que durante esos dos meses y medio, había veces que iba al salón por la mañana donde hacía menos calor (fue el caluroso verano, con casi 40 grados) a darle pecho a mi hijo, y donde me encontraba a mi madre viendo la tele, fumándose un pitillo, pues bien, nunca apagaba los cigarrillos y me daba miedo decirle que por favor dejara de fumar, por lo menos por mi hijo, por no ver los gestos de mala gana que podía ponerme. Decidimos subirnos a casa antes de lo previsto por que hacía poco que nos habían instalado el aire acondicionado en mi piso y además fuimos testigos de un arrebato verbal de mi madre contra mi abuela, llena de ira; mi abuela le cogió un ataque de ansiedad que casi se ahoga con noventa y pocos años que tiene. Menos mal que estaba el marido de mi madre que la pudo atender en el salón de casa, desgraciadamente mi madre se encontraba ahí fumándose un pitillo tras otro sin ninguna consideración hacia mi abuela y con una cara de orgullo; su marido se quedó atónito por esta actitud poco considerada de mi madre. Pues bien, mi madre me dijo que cómo nos íbamos tan pronto si ellos habían previsto quedarse más días, en la casa de veraneo de su propiedad, por mí. Me hizo sentirme culpable. Curiosamente mi madre siempre se ha quejado que mi abuela sólo le ha cubierto las necesidades básicas pero no las afectivas. Jústamente lo que yo le he reclamado tantas veces y aún así nunca se ha dado cuenta o siente que no es así.

El verano siguiente, me armé de valor y aproveché la ocasión en que estaban mi madre y su marido y mi hermana, y le dije a madre lo desgraciada que había sido, lo infeliz, ella no abrió la boca y escuchó, a él le dije que me recordaba a mi padre porque era tranquilo y sereno como él con aficiones por la música clásica, la lectura, etc, desgraciadamente este señor es un prisionero de mi madre pues no quiere que la deje sola ni para ir a tomar un café solo a la cultural. La   respuesta de este señor fue tajante, que no le comparara con mi padre, puesto que éste había maltratado a mi madre. Le contesté que el no podía emitir ese juicio ya que no conocía a mi padre. Me hizo sentir muy mal.

Un mes más tarde, su marido me sentó en presencia de mi madre para decirme que lo que pasó aquel día me sirvió para desahogarme, pero que mi madre había sufrido mucho, al cargo de cuatro hijos sóla, etc, etc, etc. Recuerdo girarme a ver la cara de mi madre que se encontraba detrás de mí, y su gesto era de satisfacción, se proclamaba de nuevo víctima.

Mi relación se retomó con mi padre cuando yo tenía 18 años, mis primeros encuentros fueron muy fríos y distantes, lo veía como el culpable de todo, estaba preparada para decirle que por culpa de él habíamos sido unos desgraciados, tal y como mi madre me había programado, mi madre me ha hecho sentir tanto odio y tanta ira, he conocido el sinsabor del odio desde muy pequeña. Desde que tuve a mi hijo y leí el libro sobre el SAP, las cosas han empezado a cambiar y mi actitud con mi pobre padre es muy distinta, he tenido que cortar totalmente la relación con ella, porque como he explicado antes, todavía intenta darnos una mala imagen de mi padre. No le he dicho verbalmente que me deje en paz, pero los hechos lo dicen todo, no le contesto a sus llamadas telefónicas ni la invité al cumpleaños de mi hijo. Una vez le dijo a mi hermana, que el pueblo se enteraría de quien soy yo de verdad. Intentaba con esta amenaza persuadirme a volver a su lado, a que sintiera miedo, como otras veces lo he sentido a que el pueblo se enterara de los malos rollos habidos en mi familia, yo en aquel entonces quería que la gente nos viera como una familia más o menos normal.

Ella siempre dice que ha estado ahí para prepararnos la comida y lavarnos la ropa; pero en la vida de un hijo eso no es el todo, en mi caso, yo soy huérfana de amor incondicional.

Los días previos a mi boda, quise que mi padre viniera a ver mi traje de novia expuesta en la habitación de la casa de mi madre. Al verlo mi madre, ésta le dijo que no tenía ningún derecho a subir a mi habitación, me dolió mucho, nuevamente pensaba en ella y no en su hija. Me enfrenté a ella y le dije que sí iba a subir, cosa que mi padre hizo.

En una ocasión tuve que permanecer en cama durante más de una semana por que me quedé enganchada, me atendió mi madre y su marido, pero hubiera querido que mi padre también hubiera estado ahí conmigo, pero sabía que era imposible. Mi madre no lo hubiera permitido, y de haberlo hecho la tensión que se hubiera creado ahí me hubiera hecho padecer más.

Muchas veces cuando oigo a mi hijo decir papá me llena de satisfacción plena y por otro de tristeza, porque a mí, mi madre me ha denegado la posibilidad de poder amar a mi padre y a ser amada por él. Sólo pido a aquellas personas en cuyas manos esté la decisión de conceder la custodia de un niño o niña a un progenitor u otro, tomen nuestras experiencias, llenas de dolor, sufrimiento e impotencia de no haber tenido el derecho y la libertad de disfrutar, amar y ser amados   por el progenitor sano, en mi caso por mi papá. Sean conscientes de que la psicología de los progenitores alienadores es muy perversa, contaminante y devastador. Son personas difíciles de desenmascarar. En definitiva, son personas que no tienen compasión   por los hijos.

Cuando decidí estudiar una carrera universitaria a los 26 años mi madre me dijo que no sería capaz de acabarla y que la edad a la que la empezaba era ya tarde, lo normal era empezar con 18 ó 19 años. Necesité la ayuda de un psicólogo para darme ánimos y levantarme la autoestima, mi padre también intentó ayudarme en lo que pudo, me dijo que no hay edad para aprender, se aprende siempre. Desgraciadamente mis sentimientos hacia él eran confusos por culpa de mi madre. Hemos tenido que empezar prácticamente de cero. He quitado de mi camino a mi madre para reencontrarme con mi papá.

Cuando mi hermana me comentó que mi madre dijo que el pueblo se enteraría de quién era yo, fue realmente consciente en ese momento que mi madre no me quería en absoluto, recuerdo haber llorado de pena y dolor. me pasé dos noches sin poder dormir bien.

Leí en un libro que un trauma deja una señal que nunca se podrá borrar pero sobre la cual se puede volver a construir. Yo estoy empezando a construirla.

Original: http://www.secuestro-emocional.org/main/TestimonioMaria.htm

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